Hubo un tiempo en el que nadie le preguntaba a un niño cómo aprendía ni qué sentía. No hacía falta. Eran adultos chiquitos, versiones sin terminar de algo que debía llegar rápido, casi sin transición. De eso hablamos en esta edición con el rector del Deutsche Schule Medellín (Colegio Alemán Medellín), Arne Gudjons, y con su padre, Herbert Gudjons, quien enseñó durante más de dos décadas en la Universidad de Hamburgo.
Esa idea empezó a romperse en la Alemania de comienzos del siglo XIX. Las ciudades crecían, las fábricas se multiplicaban y el trabajo reorganizaba la vida cotidiana. En ese paisaje, muchas mujeres salieron de casa a trabajar y los niños se quedaron solos. Como lo explica el pedagogo Herbert Gudjons: “Las amas de casa comenzaron a trabajar en las fábricas, lo que hizo que los niños se quedaran sin supervisión, abandonados a su suerte”.
Los niños estaban solos. Y alguien, en algún momento, decidió que la respuesta no podía ser simplemente encontrarles un lugar. Mientras la sociedad se industrializaba, también lo hacía el pensamiento pedagógico. Filósofos y educadores empezaron a cuestionar esa idea instalada, de tratar a los niños como adultos en miniatura. En ese cruce entre urgencia social y reflexión pedagógica apareció Friedrich Fröbel, discípulo de Johann Heinrich Pestalozzi, observador paciente de la infancia y alguien que se atrevió a tomar en serio algo que hasta entonces había sido subestimado: que los niños tienen su propio desarrollo.
El origen del Kindergarten: una palabra que cambió todo
En 1840, Fröbel fundó en Bad Blankenburg, Alemania, el primer Kindergarten; en español, jardín de niños. “El niño debe crecer como una planta en un jardín. El educador es como un jardinero que cuida ese crecimiento”, explica Herbert Gudjons. Y eso cambió la imagen que se tenía del profesor, pues dejó de ser el que moldeaba, para convertirse en el cuidador; dejó de imponer una forma, para convertirse en alguien que acompañaba un proceso, el del crecimiento.
Por otro lado, Fröbel puso en el centro algo que hasta ese momento era considerado irrelevante: el juego; algo disruptivo si se tiene en cuenta que hasta ese momento el mundo valoraba la disciplina y la utilidad. “El juego no es solo una ocupación sin valor… es el motor del aprendizaje en los niños”, explica Gudjons. Jugar dejó de ser una distracción, para convertirse en una forma legítima de conocer el mundo.
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El juego, la base de la educación inicial
Desde ahí, el Kindergarten se construyó sobre principios que siguen siendo actuales: confianza en la autonomía del niño, aprendizaje que no separa lo cognitivo de lo emocional, relación constante con la naturaleza. La idea viajó y se consolidó. En pocas décadas cruzó fronteras, se adaptó a distintos contextos y, en algunos momentos, fue usada con fines que se alejaban de su origen. Pero su núcleo resistió: el niño es un ser en desarrollo, no un adulto en espera.
Hoy, cuando hablamos de aprendizaje activo o de desarrollo socioemocional en la educación preescolar, estamos retomando esa misma conversación. Como señala Arne Gudjons, rector del Deutsche Schule Medellín (Colegio Alemán Medellín): “En esa época los niños eran tratados como pequeños adultos… y eso empezó a cambiar con las ideas de Friedrich Fröbel”. Ese cambio se actualiza en cada aula, en cada experiencia que pone al niño en el centro.
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El Kindergarten hoy: bilingüismo, autonomía e interculturalidad
En el Deutsche Schule Medellín (Colegio Alemán Medellín), uno de los colegios multilingües de Medellín con mayor trayectoria, esa tradición se vive en el día a día. El Kindergarten recoge ese legado y lo proyecta al presente: el juego como punto de partida, la autonomía desde los primeros años, una formación que involucra mente, cuerpo y emociones.
A eso se suma algo que Fröbel no podía anticipar, pero que hoy es fundamental: la interculturalidad. El aprendizaje de idiomas no es una exigencia académica, sino algo que ocurre naturalmente en medio del juego y la interacción cotidiana. “El aprendizaje temprano de idiomas y la educación intercultural hoy son elementos muy importantes en el Kindergarten”, reconoce Herbert Gudjons. Más de 180 años después, la idea de fondo no ha cambiado tanto: crecer, como en cualquier jardín, toma tiempo.
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